Llegada a Asturias: el verde que te roba el aliento
Después de cruzar Cantabria por carreteras secundarias —esas que el GPS no recomienda pero que son las únicas que merecen la pena— llegamos a Asturias cuando el sol empezaba a pintar las montañas de un naranja imposible.
El primer impacto
Lo primero que notas al entrar en Asturias es el verde. No es un verde normal: es un verde que parece artificial por lo intenso, pero es completamente natural. Valles interminables, bosques de hayas que suben por las laderas como si fueran alfombras, y en cada curva un pueblo que parece sacado de una postal de los años 50.
Nos detuvimos en el Mirador de Santa Cruz, justo antes de llegar a Cangas de Onís. Desde ahí se ven los Picos de Europa con una claridad que te deja sin palabras. El Deva serpentea por el valle abajo, y los picos nevados (sí, en septiembre todavía había nieve en las cumbres) se alzan como gigantes dormidos.
"Padre, ¿eso es la montaña más alta de España?" —preguntó Rafa señalando los Picos. Le expliqué que no, que eso era el Naranjo de Bulnes, y que la más alta estaba más al sur. Pero que estos eran los más bonitos, sin discusión.
La autocaravana en Asturias
Circulcar con la autocaravana por Asturias tiene su gracejo. Las carreteras son estrechas —sobre todo las que suben a los puertos de montaña— y los túneles son cortos pero oscuros. La Ilusion XMK 740FF se defiende bien, pero hay que ir con ojo en las pistas forestales: el firme es bueno pero los pasos a nivel son frecuentes.
Lo mejor: las áreas de autocaravana. Asturias tiene una red impresionante de áreas habilitadas, muchas con vistas que un hotel de cinco estrellas envidiaría. Nos instalamos en la de Cangas de Onís, a dos pasos del Puente Romano, y despertamos con el sonido del río y el olor a sidra natural de la sidrería de al lado.
Lo que aprendimos hoy
Asturias no es solo verde: es un estado mental. Es la tranquilidad de sentarte en una_explotación de sidra a las seis de la tarde, escuchar a los asturianos hablar entre ellos en un idioma que parece música, y darte cuenta de que el viaje no empieza cuando llegas al destino, sino cuando te olvidas de cuándo vuelves.